Personal

Fragmentos

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“¿Qué vas a hacer dos meses allí?”

“Nada.”

“¿Entonces para qué vas tan lejos si podrías no hacer ‘nada’ aquí?”

“Por que no sería lo mismo. Aquí seguiría trabajando para los demás y ahora quiero tener un tiempo para mí.”

Esta conversación ocurrió bastantes veces en los meses previos a mi viaje. Todas y cada una de las veces tenía que explicar que me iba para reencontrarme, para disfrutar, para absorver todo lo que pudiese de una ciudad que siempre ofrece más de lo que esperas. Necesitaba tomar distancia, ser capaz de desarrollar mis propias historias, mis propias obsesiones, mi propio espacio. Y lo he hecho.

Es la tercera vez que la visito pero ha sido la primera que siento que la he disfrutado de verdad. La razón es obvia: no es lo mismo hacer de turista 10 días que vivir en ella dos meses. Tener una casa, conocer tu barrio, ir a comprar cada día en el mismo supermercado, hacer la colada en un servicio de lavandería, tener la posibilidad de decidir dónde vas en el mismo día, el Museo que vas a visitar o, simplemente, decidir comprar un libro para leerlo en un parque mientras ves la gente pasear.

¿Cómo resumir tanto en una sola imagen? Se me hace imposible. Nueva York es una ciudad tan poliédrica que decidir una sola fotografía para expresar lo que es vivir dos meses ahí sería resumirla a una de sus caras. Por eso prefiero creo que el mosaico es la mejor opción. Han habido días, noches, conciertos, exposiciones, viajes, comidas, cenas, encuentros inesperados, descubrimientos… Ha sido tanto que tengo la sensación que los dos meses han pasado rápido. Demasiado rápido.

Espero volver pronto. Sé que lo haré.

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Y sin embargo…

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Te he echado de menos.

La gente me preguntaba por ti y yo no sabía qué contestar. ¿Por qué te abandoné? La respuesta fácil es por falta de tiempo. Los últimos años han sido intensos y si algo me ha faltado es precisamente eso: tiempo. El trabajo me iba consumiendo poco a poco y tenía que ceder las horas, los minutos, los segundos que encontraba disponible. Todo lo que fuese superfluo era devorado por el trabajo. Y cada vez engullía más y más…

Como digo, ésa la respuesta fácil. Puedo dar otra un poco más compleja, un poco más personal: me cansé de ti, me cansé de que la gente empezase a conocerte, de que la gente te criticase. Supongo que empezabas a reclamar tu espacio y yo no lo supe entender. Me parecía que en lugar de ser un hobbie te convertías en una obligación y, por eso, decidí que había llegado tu hora. 

Han sido dos años en los que siempre te tuve presente pero que, por alguna extraña razón, preferí mirar hacia otro lado. Fuiste mi vía de escape, el lugar en el que mostrar las canciones que me gustaban, las películas que veía, las series que devoraba, los libros que me nutrían. Hay veces que necesitamos distancia, entender por qué hacemos las cosas y si merece la pena continuar con ellas o abandonarlas en el olvido. Pero siempre estuviste ahí, esperándome. Y no sabes cómo lo agradezco.

No será como antes, lo sé. Tampoco es lo que espero. Pero lo iremos descubriendo juntos.

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La lucha del todo gratis (o el caso cultura vs. Airbnb/Uber)

A ver, ¿cuánta gente se ha descargado series de televisión este año? ¿Películas? ¿Música? ¿Libros? Si la respuesta es: “yo nunca me he descargado nada”, probablemente sea mentira. Estamos en un país donde la picaresca siempre ha existido (de “El lazarillo de Tormes” hasta Undargarin y Bárcenas).

Cuando llegó internet, nadie supo predecir lo que ello iba a implicar. Era un lugar todavía por explorar, por descubrir. Poco a poco se empezó a construir un sistema de intercambios de archivos, sobre todo de productos culturales: fueron apareciendo programas tipo Napster (para compartir archivos de mp3 entre usuarios) y, más tarde, todos los buscadores y programas de descarga de archivos torrent. Pero sólo unos pocos vieron que eso era peligroso. Total, ¿qué importa si los consumidores descargan gratuitamente películas, series y música? Los pobres artistas viven de las subvenciones, es una industria que no interesa a nadie.

Pero luego vinieron las páginas que ponían en contacto a gente que, libremente, compartía casa para que los turistas que visitaban la ciudad X pudiesen alojarse en su hogar pagando mucho menos que lo que costaría una habitación de hotel. O conductores que ofrecían su coche a otros usuarios que tenían que viajar al sitio Y lo hiciesen de una manera más barata que pidiendo un taxi.

Ah. ¡Eso es diferente!

Nadie puede tocar el la industria del turismo, ni la del transporte. Ahí hay muchos intereses políticos y económicos para que vengan cuatro inútiles de internet y trastoquen el sistema. ¡En este caso sí que tenemos que perseguir las páginas que ofrecen estos servicios! ¡Vamos a multarlos! ¡Vamos a ir casa a casa por todo un vecindario y llamaremos al timbre, inspeccionaremos cada casa y descubriremos si la alquilan de manera legal o ilegal.

¿No da que pensar?

Cuando se ha tocado algo que genera mucho dinero a los gobiernos, éste ha utilizado todo su poder para intentar eliminarlo. Probablemente porque estas plataformas (AirBnb o Uber, por poner dos ejemplos muy famosos) podía provocar un descenso de ingresos en las arcas del estado y además los grupos hoteleros y las asociaciones de taxistas deben haber presionado al gobierno para que hiciese algo para eliminar el problema de raíz.

Pero, volvamos al mundo de la industria cultural. A pesar de que el mundo de la cultura ha estado reivindicando una lucha contra la piratería, nadie ha movido un dedo para intentar frenar o buscar alternativas al “todo gratis”. ¿Por qué? Yo diré la respuesta: la industria de las telecomunicaciones.

El usuario está dispuesto a pagar 50 euros mensuales para que su red teléfonica descargue en pocos segundos ese capítulo de esa serie de la que todo el mundo habla. Y el usuario también está dispuesto a pagar 500 euros por una tableta donde poder disfrutar de ese producto descargado de manera gratis. Pero que nadie le hable de pagar 7 euros por ir al cine, ni 3 euros por ver esa película en una plataforma legal y no se te ocurra pagar un euro por una canción o cinco euros por un e-book. Ah no! No piensan pagar por eso, que para algo lo pueden descargar gratis y verlo en su pantalla 3D 4K recién comprada o en su Ipad Air de última generación.

Hasta que nadie explique realmente que el “todo gratis” no existe, sino que simplemente se están aprovechando de la excusa del “todo gratis” para vender más móviles, más tablets, más megas por segundo, más discos duros, más televisores… la industria cultural no tendrá solución.

Sólo espero que no llegue el día en que la gente que producimos contenido audiovisual/cultural no desaparezcamos… porque si eso ocurre, ¿para qué tanto aparatito si no habrá nada que ver/leer en él?

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